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Evidente, mente

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A Descartes le han perjudicado sus mejores virtudes. Para empezar, es tan fácil entenderlo que echamos en falta el misterio profundo de la filosofía, eso que nos hace creer que la aventura del pensamiento consiste en descifrar mensajes secretos envueltos en niebla. Descartes casi decepciona porque parece que había poco más allá de lo que el sentido común prometía. Segunda virtud perniciosa: el pensamiento de Descartes es sencillo y razonable. Una revolución en su día, con su punto hereje, pero hoy suena casi a lugar común, todo en su “Discurso del método” parece dejà vu porque ha sido aceptado por los autores que vinieron después. Dice que no hay tontería que no haya sido alguna vez defendida por un filósofo. ¿Debemos despreciarlo por haber obligado a refrenar sus delirios a los sucesores? Descartes no se planteaba descifrar los arcanos del universo: quería solo pensar con garantías de que pensaba cosas en condiciones. Escribir libros o sacudir la tradición occidental vino luego....

Va un cura y le dice a otro cura...

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El  Elogio de la Locura  (valdría más traducirlo como  Elogio de la Estupidez ) es un libro tan gracioso que ni los que sintieran sus puyazos (y cualquier lector de cualquier época cabe en alguno de los gremios atacados) podrían enfadarse honestamente. Claro que su principal pimpampum es la Iglesia romana con su jerarquía eclesiástica: desde el Papa simoniaco hasta el fraile analfabeto y vicioso, el clero es retratado como una pandilla de bribones hipócritas y amigos del bien ajeno. Si entendemos, con Cioran, que las religiones son “cruzadas contra el sentido del humor”, no nos sorprenderá en qué embrollo se metió Erasmo cuando publicó esta broma. Aquí, una amiga La Locura –o la Estupidez-, una mujer estrafalaria pero con más sentido común del que cabría esperar, se presenta ante su público. Se reclama par de los dioses y de los héroes de Grecia y Roma: un guiño al incipiente humanismo y su querencia por la antigüedad clásica o tal vez una precaución para no...

Las fatiguitas

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Una persona puede dedicarse a la filosofía por muchos motivos, aunque la búsqueda de la sabiduría no figura entre los primeros. Sócrates le contaría a Xantipa, su gruñona mujer: “Cariño, si paso los días sin dar un palo al agua, rodeado de tiernos muchachitos y molestando a los vecinos con preguntas absurdas lo hago porque busco lo verdadero, lo bello y lo bueno”, afirmación que difícilmente contentaría a Xantipa. Sartre se metió filósofo para follar; Hegel, para sacarse la cómoda plaza de numerario en la universidad de Berlín. Sören Kierkegaard representa un caso curioso: el hombre que filosofa para aliviar una herida interior. El filósofo enamorado Aquel atormentado que ante sus vecinos aparentaba ser un frívolo playboy estaba enamorado hasta las trancas de Regina Olsen. Pensaba en ella con tal fervor que más de una vez se la cruzaría por las calles de Copenhague sin darse cuenta, embebido en su fantasía. Su concepto del amor era tan personal, como todo lo suyo, que decidió ma...

Señor, hazme casto (pero no ahora)

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Escribir un texto filosófico como si fuese una carta para un destinatario es una convención que suele dar resultado. Aristóteles sabía que su ética al joven Nicómaco iba a ser un manual de curso corriente para muchachos y pedagogos; más consciente era aun Fernando Savater cuando eligió dirigir su propio tratado de ética a su hijo Amador, un best-seller que todavía vale para los hijos del tal Amador. Séneca escribía a Lucilio ; Rilke, a un joven poeta. San Agustín tiraba más alto y con sus Confesiones echaba las cartas a Dios. Por supuesto también esperaba llegar a los hombres y, sobre todo, a lo más hondo de sí. Con la pluma aclaraba sus ideas sobre el tiempo (es célebre ese “sé lo que es el tiempo… si no me lo preguntan”), sobre la memoria y la psicología de los hombres; hacía examen de conciencia; observaba la evolución de su acercamiento a Dios y definía a este dios como un ser personal ante el que el propio Agustín se muestra destacado y aislado de la comunidad de fieles, prepara...