Señor, hazme casto (pero no ahora)
Escribir un texto filosófico como si fuese una carta para un destinatario es una convención que suele dar resultado. Aristóteles sabía que su ética al joven Nicómaco iba a ser un manual de curso corriente para muchachos y pedagogos; más consciente era aun Fernando Savater cuando eligió dirigir su propio tratado de ética a su hijo Amador, un best-seller que todavía vale para los hijos del tal Amador. Séneca escribía a Lucilio ; Rilke, a un joven poeta. San Agustín tiraba más alto y con sus Confesiones echaba las cartas a Dios. Por supuesto también esperaba llegar a los hombres y, sobre todo, a lo más hondo de sí. Con la pluma aclaraba sus ideas sobre el tiempo (es célebre ese “sé lo que es el tiempo… si no me lo preguntan”), sobre la memoria y la psicología de los hombres; hacía examen de conciencia; observaba la evolución de su acercamiento a Dios y definía a este dios como un ser personal ante el que el propio Agustín se muestra destacado y aislado de la comunidad de fieles, prepara...