Las fatiguitas
Una persona puede dedicarse a la filosofía por muchos motivos, aunque la búsqueda de la sabiduría no figura entre los primeros. Sócrates le contaría a Xantipa, su gruñona mujer: “Cariño, si paso los días sin dar un palo al agua, rodeado de tiernos muchachitos y molestando a los vecinos con preguntas absurdas lo hago porque busco lo verdadero, lo bello y lo bueno”, afirmación que difícilmente contentaría a Xantipa. Sartre se metió filósofo para follar; Hegel, para sacarse la cómoda plaza de numerario en la universidad de Berlín. Sören Kierkegaard representa un caso curioso: el hombre que filosofa para aliviar una herida interior. El filósofo enamorado Aquel atormentado que ante sus vecinos aparentaba ser un frívolo playboy estaba enamorado hasta las trancas de Regina Olsen. Pensaba en ella con tal fervor que más de una vez se la cruzaría por las calles de Copenhague sin darse cuenta, embebido en su fantasía. Su concepto del amor era tan personal, como todo lo suyo, que decidió ma...